Crispin Sartwell, controvertido autor y Profesor de Filosofía en el Colegio Dickinson -Carlisle, Pensilvania- presenta un artículo realmente magistral: ‘The fundamental right to refuse. A decent society would respect people's moral commitments’ (Los Angeles Times, September 2, 2008). Léelo despacio. No tiene desperdicio. Es una llamada a la libertad de conciencia, que carga valientemente con su responsabilidad. Dice Así:Soy un ateo favorable al aborto, pero apoyo una regulación promulgada hace poco por la Administración Bush, que limita la financiación a casi 600.000 hospitales, clínicas, consultorios y otras entidades, si no permiten que sus empleados puedan negarse a ofrecer algunos tipos de asistencia -incluido el aborto- en asuntos de creencias personales y de conciencia.
Pregúntate: ¿Qué desgracias han ocurrido porque la gente haya rechazado, en el terreno de la conciencia, hacer lo que pedían las instituciones que les regentaban? Vuelve a preguntarte: ¿Qué barbaridades han ocurrido porque la gente haya vencido sus reparos y hecho lo que se les mandase?
La idea de que debemos respetar la conciencia individual, como un árbitro moral, es un pilar fundamental de la Reforma Protestante y del individualismo americano, acuñado por figuras como Emerson y Thoreau. Está en el núcleo de nuestras tradiciones y libertades. Pero es intrascendente si la respetamos cuando coincidimos con sus resultados y no en caso contrario.- Una medida de la decencia y democracia inherente en una institución, es el grado en el que defiende la conciencia individual y la autonomía en asuntos esenciales.
- El grado en el que una institución anula la conciencia individual y la autonomía moral, es la medida de su totalitarismo.
Por ejemplo, mucha gente que defiende el derecho al aborto defendió el derecho de los médicos a practicarlo cuando era ilegal hacerla. Su argumento era que las mujeres tenían derecho a controlar su propia reproducción. Era, al menos en algunos aspectos, un argumento individualista y consciente.
Pero si respetamos el derecho de las mujeres a controlar su cuerpo, debemos respetar el derecho de los médicos a controlar sus propias acciones. Y si respetamos la decisión de practicar abortos debemos respetar el rechazo a hacerlos.
Primero, hombres. Thoreau, en Desobediencia civil, escribe: "¿Debe el ciudadano, aunque sea por un momento o en grado mínimo, renunciar a su conciencia en favor del legislador? ¿Para qué tenemos entonces una conciencia? Pienso que primero deberíamos ser hombres, y después sujetos".Y arguye que, aunque no estamos obligados a intentar arreglar todas las injusticias, sí estamos bajo la obligación absoluta de no apoyar cosas que consideramos injustas, de no participar en algo que consideramos erróneo o gratuitamente hiriente.
Algunos médicos y enfermeras enjuician el aborto de este modo, movidos por su religión o por sus experiencias. No estoy de acuerdo con ellos, pero la objeción es clara y fundamentada, y debe ser respetada.
La idea de que, al asumir algunas funciones, renuncio a mi conciencia en favor de una institución o de un Estado, es quizás la noción más perniciosa en la historia humana. Está en el corazón de las guerras y genocidios. Es la primera -la única- defensa en cualquier juicio criminal contra la humanidad: "Sólo hacía mi trabajo; sólo obedecía órdenes".
La conversión de una nación entera en una máquina asesina, el Holocausto, el espasmo de la limpieza étnica, requiere la idea de la supremacía del grupo y de la institución sobre el individuo. Si la historia nos enseña algo, es que esta actitud nos pone frente al vacío y nos empuja al abismo.Lo que nos puede hacer a todos esencialmente malvados y quizá signifique el fin de la vida sobre la Tierra es la insípida burocracia con sus regulaciones, y la buena disposición de la gente a capitular. Por supuesto, la gente puede no participar, abandonar o huir.
Pero una sociedad decente no debería requerir un heroísmo moral extraordinario; debería respetar los compromisos morales fundamentales de las personas. Debería ayudar a sus médicos a curar, y no a forzarles hacer lo que creen que es erróneo.












































